Vida cotidiana y conflicto armado en Colombia:
los aportes de la experiencia campesina para un cuidado creativo
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Daily Life and Armed Conflict in Colombia:
Contributions to Creative Care Based on the Peasant Experience

Vida cotidiana e conflito armado na Colômbia:
contribuiçóes da experiência camponesa para o cuidado criativo

Recibido: 26 de octubre de 2013
Enviado a pares: 20 de noviembre de 2013
Aceptado por pares: 30 de noviembre de 2014
Aprobado: 03 de febrero de 2015

DOI: 10.5294/aqui.2015.15.2.8

Beatriz Elena Arias-López1

1 Enfermera. Magíster en Educación y Desarrollo Comunitario. Doctora en Salud Mental Comunitaria. Profesora Asociada, Facultad de Enfermería, Universidad de Antioquia, Medellín (Colombia).
beatriz.arias@udea.edu.co

2 Este artículo aborda uno de los resultados de la tesis doctoral titulada Violencia, resistencia y subjetividad. Destejer y tejer la salud mental. Estudio de caso, municipio de San Francisco, oriente antioqueño, Colombia, 2011-2012. Este proyecto no recibió financiación, ni subvención distinta a la derivada de la comisión de estudios concedida por la Universidad de Antioquia y el apoyo logístico de la Asociación Campesina de Antioquia (ACA).

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Arias-López BE. Vida cotidiana y conflicto armado en Colombia: los aportes de la experiencia campesina para un cuidado creativo. Aquichan. 2015; 15 (2): 239-252. DOI: 10.5294/aqui.2015.15.2.8


RESUMEN

Objetivo: describir la manera como el conflicto armado prolongado se instaló y modificó la vida cotidiana de un grupo de familias campesinas y cómo los eventos de violencia política son percibidos y articulados en las relaciones familiares y vecinales y en las trayectorias de vida personal. Materiales y métodos: estudio de caso en San Francisco, oriente antioqueño (Colombia), que combinó elementos del método etnográfico y biográfico. Resultados: la cotidianidad campesina, escenario de reproducción personal y social, se va configurando entre la habituación que produce un conflicto armado prolongado y lo sorpresivo que impone su dinámica, de tal manera que las personas deben reinventar cotidianamente su vida. El sufrimiento aparece en función de los significados particulares que se asignan a los eventos, más que a las generalizaciones de la cronología oficial del conflicto. Conclusión: la transformación de la vida cotidiana campesina se configura en el devenir de formas endógenas de enfrentar lo ajeno, lo nuevo y lo desconocido para darle un lugar, resignificar la experiencia y seguir construyendo la vida en interacción con otros, en un proceso de reinvención permanente de tiempos, espacios y relaciones microsociales por parte de los sujetos, que constituyen elementos centrales para generar cuidados de la salud mental creativos y singulares.

PALABRAS CLAVE

Cuidados de enfermería, salud mental, guerra, acontecimientos que cambian la vida, población rural (Fuente: DeCS, Bireme).

ABSTRACT

Objective: Describe how the prolonged armed conflict came about and changed daily life for a group of peasant families and how events involving political violence are perceived and tied in with relations between family members and neighbors and with the course of personal life. Materials and Methods: This is a case study done in San Francisco, in eastern Antioquia (Colombia). It combines elements of the ethnographic and biographical method. Findings: Everyday peasant life, the scenario for personal and social reproduction, is shaped by the accustomedness that comes with a prolonged armed conflict and the surprises imposed by its dynamics, which means people must reinvent their lives on a daily basis. Suffering is more a function of the particular meaning assigned to events, than generalizations of the official chronology of the conflict. Conclusion: The change in everyday peasant life is influenced by endogenous ways of dealing with what is foreign, new and unknown, so as to give it a place, to assign new meaning to the experience, and to continue to build a life in interaction with others. This is a process to permanently reinvent time, space and micro-social relations on the part of those concerned, who are crucial to generating creative and unique mental health care.

KEYWORDS

Nursing care, mental health, life-changing events, rural population (Source: DeCS, Bireme).

RESUMO

Objetivo: descrever a maneira como o conflito armado prolongado foi instalado e modificou a vida cotidiana de um grupo de famílias camponesas e como os eventos de violência política são percebidos e articulados nas relaçóes familiares e entre vizinhos e nas trajetórias de vida pessoal. Materiais e métodos: estudo de caso em San Francisco, leste da Antioquia (Colômbia), que combinou elementos do método etnográfico e biográfico. Resultados: a cotidianidade camponesa, cenário de reprodução pessoal e social, vai sendo configurada entre a habituação que produz um conflito armado prolongado e o surpreendente que impóe sua dinâmica, de tal maneira que as pessoas devem reinventar cotidianamente sua vida. O sofrimento aparece em função dos significados particulares que designam aos eventos, mais do que às generalizaçóes da cronologia oficial do conflito. Conclusão: a transformação da vida cotidiana camponesa se configura no devir de formas endógenas de enfrentar o alheio, o novo e o desconhecido para dar-lhe um lugar, ressignificar a experiência e continuar construindo a vida em interaçóes com outros, num processo de reinvenção permanente de tempos, espaços e relaçóes microssociais por parte dos sujeitos que constituem elementos centrais para gerar cuidados da saúde mental criativos e singulares.

PALAVRAS-CHAVE

Cuidados de enfermagem, saúde mental, acontecimentos que mudam a vida, população rural (Fonte: DeCS, Bireme).



Introducción

Los desafíos de cuidar la vida y la salud mental en un país inmerso en un conflicto armado prolongado, ad portas de un posible escenario de posconflicto, son múltiples. Una vía para afrontarlos se encuentra en la investigación, máxime si esta incorpora y explora los sentidos y significados que las personas construyen desde sus vivencias y experiencias, pues es allí donde se encuentran las respuestas más potentes para sus procesos de recuperación. Teniendo en cuenta que el cuidado de la vida es el centro de orientación teórica y práctica de la enfermería, el propósito de este artículo es mostrar la manera como el acercamiento a la vida cotidiana constituye una fuente fructífera para hacer del cuidado un acto singular y creativo, especialmente en contextos de alta incertidumbre, tomando como referente una investigación realizada en un ámbito campesino y rural colombiano, reconocido hoy como el que mayores afectaciones ha tenido por efecto del conflicto armado, aunado a una alta cuota de indiferencia institucional y ciudadana (1).

La investigación en mención, realizada con comunidades campesinas del municipio de San Francisco, oriente antioqueño, entre los años 2011-2013, partió de la pregunta general por los efectos del conflicto armado prolongado sobre la salud mental de la población, a mediano y largo plazo, y se focalizó en un objetivo específico dirigido a indagar por la vida cotidiana de estas comunidades: la(s) manera(s) como los campesinos experimentaron y perciben los eventos de violencia política repetida; la(s) forma(s) como los han articulado a su vida; los significados que les asignan; las prácticas y los conocimientos que han perfilado a partir de dicha experiencia, y las relaciones familiares y vecinales que han ido construyendo.

El municipio de San Francisco, es una localidad campesina ubicada en la zona de bosques del oriente antioqueño, cuyos últimos cuarenta años de historia se han caracterizado por la presencia de actores armados como guerrillas y paramilitares, además de ser un territorio con cultivos familiares de coca documentados desde los años ochenta,3 y desarrollo de programas y proyectos relacionados con el acuerdo bilateral entre Colombia y Estados Unidos, conocido como Plan Colombia. La población campesina y el territorio de San Francisco, se han consolidado a través de un proceso histórico complejo relacionado con el problema agrario en Colombia, cuyo modelo signó a sus pobladores a ocupar dos lugares marginales: el del colono campesino inmerso en un ciclo inacabado de apertura de nuevas tierras y despojo, o el de jornalero, trabajador agrícola sin las mínimas garantías laborales, dedicado a la producción de alimentos baratos, sin acceso a la tierra (2). Estas características, entre otras, constituyeron elementos importantes para focalizar la atención sobre la vida cotidiana campesina, ya que allí confluyen no solamente los efectos del conflicto armado, sino una trayectoria histórica de exclusión y sufrimiento.

Ahora bien, la vida cotidiana es un tema de vieja data, que ha ocupado el interés de importantes autores de la filosofía y las ciencias sociales como Agnes Heller, Veena Das y Michael de Certau, y sin duda ha estado ligada intrínsecamente al desarrollo teórico y práctico de la enfermería. Heller (3) define la vida cotidiana como el conjunto de actividades diversas que le permiten al hombre ordinario reproducirse a sí mismo y su función dentro de la sociedad, a la vez que garantiza las condiciones para que la sociedad también pueda hacerlo. Mediante el despliegue de actos reiterativos y repetitivos se instaura una especie de naturalización y normalización, que permite establecer lo que se considera legítimo, verdadero, real y necesario para garantizar la continuidad propia, la del grupo social y, de alguna manera, definir lo que se constituye como el orden mismo. De ahí que Heller afirme que "para la mayoría de los hombres la vida cotidiana es la vida" (3) y, por tanto, constituya el espacio de las relaciones, actividades y fuente de conocimiento para conducirse en el mundo.

Venna Das (4) da continuidad a la pregunta de Heller por la manera como los seres humanos habitamos el mundo pero, sobre todo, a la particularidad de un mundo devastado, donde la incertidumbre, la duda y el escepticismo se incorporan en las relaciones cotidianas. Para ella, la violencia que se experimenta no solo en el cuerpo, sino también en el contexto, produce una fragilidad que se traduce en desconfianza y miedo, cuya recuperación solo se logra a través de las tareas diarias de sobrevivir y hacer habitable el mundo cotidiano, profundamente integradas a formas complejas de agencia y responsabilidad moral. Michel de Certeau (5) amplía esta perspectiva, en la medida en que identifica la vida cotidiana como fuente de potencial agenciamiento para las personas. Para este autor, si bien la característica principal de la vida cotidiana es la repetición, simultáneamente es un espacio de potenciales prácticas de innovación y cambio, donde es posible desplegar la capacidad para gestionar la propia vida (6). Heller, Das y De Certau proporcionan argumentos para superar las limitaciones de algunas teorías explicativas de pretensión universalista, como aquellas procedentes de los modelos biomédicos convencionales, especialmente sensibles en el campo de la salud mental y, adicionalmente, permiten un acercamiento a la "experiencia de los sufrientes" (7), complementando las explicaciones macroestructurales de fenómenos como la violencia política.

Esta perspectiva traza caminos importantes para el cuidado de enfermería, toda vez que no solo reconoce el valor de la experiencia vivida, sino además comparte preocupaciones éticas comunes en torno a la dignidad y el reconocimiento del sujeto que sufre-sujeto del cuidado, como un productor social y cultural. Los debates contemporáneos en la enfermería son enfáticos en reclamar una mayor politización de la disciplina y la profesión, y la generación de un conocimiento crítico, movilizado por la justicia y los derechos (8, 9). El desafío es construir un cuidado de enfermería que se articule a la experiencia vivida por los sujetos, al reconocimiento de vivencias únicas y singulares (10, 11), considerando el repertorio de recursos endógenos de los propios sujetos y comunidades, situados al margen de sistemas técnicos, especializados o institucionales (12). Esto es, abrir los sentidos a percibir aquello que se expresa "en pequeños gestos, en un universo de detalles aparentemente sin importancia" (13), a lo que nos invita esta exploración etnográfica y biográfica de la vida cotidiana campesina.


Materiales y métodos

La investigación se enmarcó en la perspectiva de la investigación cualitativa, más específicamente del diseño de los estudios de caso, cuya pretensión fundamental es el acercamiento a una experiencia de vida concreta (14). Se eligió el municipio de San Francisco, oriente antioqueño (Colombia), más específicamente, un área geográfica menor compuesta por las veredas San Isidro y La Esperanza, localizadas en zona rural. En la investigación se combinaron elementos del método biográfico y del método etnográfico. Se construyeron veinte relatos de vida,4 siguiendo la modalidad de relatos de vida cruzados (17), es decir, relatos convergentes en una temática común y una mirada múltiple sobre un mismo objeto, ubicados en una formación social de pequeña extensión. Estos relatos se construyeron a partir de entrevistas en profundidad, realizadas en un promedio de tres encuentros con cada participante con un intervalo promedio de un mes. El muestreo fue intencional, lo que significó seleccionar casos ricos en información en relación con las preguntas y los objetivos planteados (18), aprovechando la estrategia de bola de nieve. Los criterios de inclusión acercaron adultos de ambos sexos, que habían vivido durante toda su vida en el municipio de San Francisco o en municipios con una historia similar, asegurando un conocimiento exhaustivo y rutinario de su ámbito de vida. Adicionalmente, fueron personas que deseaban contar su historia y disponían de tiempo para hacerlo. Teniendo en cuenta que ningún relato tiene pretensión de exhaustividad y que obedece a procesos selectivos, que organizan la experiencia, reafirmando algunos elementos, rechazando otros o incluso silenciándolos, se combinaron los enfoques biográfico y etnográfico, con el fin de recuperar la observación de aquello que no pudo ponerse en palabras. Es así como se realizó el trabajo de campo etnográfico y la observación participante (19), por un periodo aproximado de 18 meses, alrededor de las rutinas cotidianas familiares: la preparación de alimentos, las actividades de ocio, las visitas entre vecinos, la actividad escolar de los menores, el cuidado de la huerta y las gallinas, las conversaciones, los recorridos entre veredas o hacia la cabecera municipal, entre otras. Igualmente, los encuentros vecinales alrededor de actividades agrícolas como sembrar, limpiar y cosechar, en reuniones comunitarias de tipo organizativo, festividades y mercados campesinos. La gran riqueza de estas actividades fue el acercamiento a los procesos de reinvención de lo cotidiano, no desde lo extraordinario, sino desde lo rutinario y quizás "insignificante".

Como estrategias complementarias de triangulación se realizó una revisión de prensa regional y nacional para la búsqueda de eventos de violencia política en la localidad entre 1989 y 2012. Igualmente, se realizó una encuesta exploratoria, mediante visita domiciliaria, con el 60% (35 grupos) de las familias habitantes de las veredas; 2 entrevistas semiestructuradas a líderes locales y 2 grupos focales (40 personas). La finalización del trabajo de campo se definió bajo el criterio de saturación (20).

Para la tabulación y el análisis de las encuestas familiares se utilizó el software SPSS, versión 17.0 y el software Atlas Ti, versión 6.2 para los datos cualitativos. Se privilegió un análisis de tipo comprehensivo, identificando acontecimientos centrales y su significado en la vida de las personas, al igual que un análisis temático orientado por los objetivos de la investigación (21). Se mantuvo la revisión teórica durante el proceso, orientada por los hallazgos emergentes.

De acuerdo con la Resolución 8430 de 1993 del Ministerio de Salud de Colombia, se consideró una investigación de riesgo mínimo, avalada por el Comité de Ética para la Investigación de la Facultad de Enfermería de la Universidad de Antioquia (Medellín, Colombia), y por las Juntas de Acción Comunal de las veredas San Isidro y la Esperanza. Se concertó con el hospital local, ESE San Francisco de Asís, el establecimiento de protocolos y el flujo de remisión de personas, los cuales no se requirieron. El proceso se condujo bajo el principio de acción sin daño (22), evitando al máximo todo riesgo sobre la integridad y la privacidad de los participantes (23). Con todos se diligenció el consentimiento informado por escrito, bajo la figura de un seudónimo, estrategia prevista para el resguardo del anonimato, dadas las condiciones de seguridad y de conflicto en la localidad. Las entrevistas se manejaron a través de dichos seudónimos y se analizaron utilizando códigos alfanuméricos.5 En las encuestas se obviaron igualmente datos de identificación. Las entrevistas fueron grabadas con el consentimiento de los entrevistados y se resguardaron bajo estricta vigilancia y seguridad, lo que incluyó la transcripción total por parte de la investigadora. Atendiendo al principio de reciprocidad, todas las transcripciones fueron devueltas a cada uno de los participantes (24) en forma parcial y, posteriormente, en una compilación total, lo cual les permitió realizar cambios y poner límites al uso de la información cuando lo consideraron pertinente.


Resultados

Como producto de la exploración biográfica y etnográfica se logró construir una descripción de los principales aspectos relacionados con la vida cotidiana de los campesinos que participaron en la investigación, que permite no solo identificar un contexto local situado y particular, sino mostrar la manera como dicha cotidianidad se teje en la convivencia con los distintos grupos armados y la dinámica misma del conflicto, en una tensión permanente entre lo habitual y lo sorpresivo, instalando la incertidumbre como elemento central de las transformaciones de sus tiempos, espacios y relaciones microsociales.


Generalidades de la vida cotidiana campesina

Como muchas otras localidades colombianas, San Francisco es un territorio construido históricamente sobre la base del despojo y la exclusión. Aislamiento, precariedad y marginalidad, pasados y recientes, se asocian a unos modelos de desarrollo que desvalorizan al campesino, y le asignan un lugar subsidiario como "peón de brega", "jornalero" y "proveedor de alimentos baratos" (2). La población de este municipio es heredera de un histórico conflicto por la tierra, con repetidas situaciones de expulsión y desplazamiento forzado desde finales del siglo XIX (25), producto de las primeras oleadas colonizadoras antioqueñas, la violencia bipartidista de los años cincuenta, las transformaciones derivadas de su cercanía a grandes proyectos económicos en los años sesenta y setenta, cultivos de coca, disputas territoriales entre guerrillas y, posteriormente, incursión paramilitar. El potencial estratégico y económico de su territorio, involucró a sus habitantes en la disputa entre grupos armados y los obligó a encarar una grave crisis de violación de sus derechos humanos: enfrentamientos, masacres y muertes selectivas afectaron a la población civil campesina que quedó en muchos casos en situación de confinamiento. Las cifras de homicidios, desplazamiento y el uso de minas antipersonal, expresan la intensificación del conflicto armado en su jurisdicción, provocando el abandono de sus veredas, muchas de las cuales permanecen solas, después de diez años del desplazamiento forzado de sus habitantes.6

Las veredas San Isidro y La Esperanza son dos asentamiento rurales, distantes una hora y media a pie de la cabecera municipal, sin acceso a agua potable y alcantarillado, con una disposición de aguas residuales a través de pozos sépticos. El sitio de referencia más cercano para la atención institucional de salud es el Hospital Público, ubicado en la cabecera municipal. En cuanto a recursos de salud tradicionales, cuentan con un par de sobanderos óseos y una partera tradicional, quien además posee conocimientos de herbolaria. Sus viviendas están construidas en su gran mayoría (86%) con materiales adecuados y debidamente terminadas. En los sistemas de propiedad, se encuentra la diversidad propia de las lógicas informales sobre predios de la ruralidad colombiana, donde se ponen en juego los llamados "contratos de palabra" o las ocupaciones de hecho, las cuales se asimilan a propiedad sobre los predios, aunque no se cuente con los títulos legalizados. El 50% o se identifican como propietarios de la vivienda y el terreno, y el 11% o de la vivienda solamente. El 39% restante corresponde a ocupantes en préstamo.

Desde sus orígenes, los lazos parentales estuvieron presentes en el modelo de poblamiento de estas veredas, a partir de matrimonios y compadrazgos que afianzaron los vínculos entre las familias y que se siguen expresando en algunos apellidos, sellando la pertenencia territorial a una u otra vereda en el municipio (28). Las relaciones de parentesco y afinidad han ido tejiendo una serie de lealtades familiares y vecinales, que sirven de soporte para las actividades cotidianas de reproducción social.

La ocupación principal que genera la provisión de ingresos es básicamente la de pequeños propietarios de parcelas para autoconsumo, con trabajo directo de tipo familiar, en el que participan todos sus miembros, sin distinción de edad ni de sexo. Esta forma de trabajo no genera excedentes ni cantidades significativas para la comercialización. La otra forma de trabajo, que opera complementariamente, es la de jornal, en la cual no hay relación de propiedad con la tierra, ni control sobre los medios de producción, y en el que se obtiene un ingreso variable en cantidad y frecuencia, de acuerdo con los ciclos de cosecha de los productos agrícolas.7 En ambos casos, se despliega un proceso tradicional artesanal con una precaria tecnificación, donde básicamente la fuerza de trabajo constituye la principal herramienta, lo que hace que el trabajo ocupe la totalidad del tiempo cotidiano, con muy poca disponibilidad de tiempo libre o de ocio.

Estas dinámicas de reproducción económica conducen a que la vida laboral y la vida doméstica se superpongan, a que los espacios de morada y de trabajo se conecten tanto para los hombres como para las mujeres; a pesar de los roles tradicionalmente diferenciados entre actividades públicas masculinas y actividades privadas femeninas. La localización del trabajo dentro del perímetro de la vivienda o del escenario próximo de la vereda, la implicación en él de todos los miembros de la familia campesina y su doble papel en relación con la reproducción económica y familiar, son elementos constitutivos de su cotidianidad. La familia campesina, sobre todo la extensa, es decir la que integra miembros de diferentes generaciones y grados de parentesco, sigue ocupando un lugar fundamental en la inserción e integración de sus miembros a la vida social y, a la vez, a la dinámica económica, involucrándolos en tareas diferenciales de cuidado y subsistencia.

La cotidianidad campesina transcurre fundamentalmente en dos espacios: el trabajadero y el vividero, el corte de trabajo y la casa. Residir y trabajar (29) envuelven los movimientos, las trayectorias y las relaciones cotidianas de la mayoría de sus grupos familiares. Trabajar implica no solo desplegar una actividad que "permite el devenir histórico y cultural" de su organización social, sino emprender una acción que opera como eje organizador del resto de actividades cotidianas (3). Residir significa establecerse en el espacio, desplegando para ello múltiples actividades de apropiación y producción del mismo, hasta conseguir convertirlo en un vividero, término que adjetiva su valoración como lugar de disfrute, seguridad, certidumbre y bienestar. En este caso, el referente de vividero es la vereda como tal, ya que el tardío proceso administrativo de municipalización —que solo se dio hasta 1986— hizo que sus habitantes construyeran un sentido de certeza en el territorio más próximo, en tanto la figura municipal se ha ido incorporando muy lentamente a dicho referente (28).

En cuanto al ámbito de lo público, la vida cotidiana campesina se despliega en tres escenarios: la escuela, la acción comunal y los caminos (y las carreteras). Para los habitantes existe una estrecha relación entre vereda, acción comunal y escuela (28), ya que en la mayoría la organización de la acción comunal respondió en sus inicios a la necesidad de un espacio educativo para los niños y las niñas, considerando que dicha respuesta debía ser emprendida por las propias comunidades, dada la desconexión con espacios de decisión institucional. En esta experiencia empieza a configurarse para estas comunidades una idea de lo público ligada a sus propias relaciones vecinales, por fuera de los espacios instituciones gubernamentales o estatales. Actualmente, cada vereda cuenta con una escuela de básica primaria, con un cupo de aproximadamente 25 niños, mientras la educación secundaria y técnica sigue siendo un proyecto inestable sujeto a los vaivenes de las políticas y los presupuestos locales y regionales.8 El bajo nivel educativo y la deserción escolar, se ven incrementados además por las condiciones del trabajo agrícola tradicional, que requieren incorporar tempranamente a los miembros de la familia y, como se verá más adelante, como un efecto importante del conflicto armado. La escuela, más allá de sus funciones de centro educativo, adquiere otra relevancia para estas comunidades: su valor reside en que se constituye en referente de encuentro social, complementando la cotidianidad del residir/trabajar, ya mencionado. De este modo, la escuela es el lugar de reunión de la Junta de Acción Comunal Veredal y los grupos organizados a su alrededor; es el punto de encuentro para celebraciones y festividades comunitarias, es el sitio de la vereda dispuesto para la acogida de visitantes externos, es el lugar donde se realizan actividades de ocio y recreación, pues es el único lugar que cuenta con un espacio deportivo. El resto de encuentros cotidianos acontecen en el cruce de caminos y trochas veredales.


Convivir con grupos armados: entre lo habitual y lo sorpresivo

"Apenas estaba empezando a ir a la escuela, a hacer la O y el 1, y me tocó ver los primeros guerrillos", recuerda Alberto, campesino de 42 años. Esta afirmación ilustra la permanencia de la guerrilla en el territorio de San Francisco desde finales de la década de los setenta, especialmente del Ejército de Liberación Nacional (ELN). Solo hasta 1998, ingresan las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y empiezan a disputar algunas franjas de territorio. Antes de que llegara la guerrilla y, aún con su presencia, hasta más o menos los años 1995-1998, las veredas La Esperanza y San Isidro son percibidas como espacios de tranquilidad por los campesinos. La disputa territorial entre el ELN y las FARC marca un momento importante de sufrimiento con el incremento de presiones y contradicciones, que se amplifican con el ingreso de las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio (ACMM), finalizando el siglo y la Operación Marcial en el año 2003.

La instalación de la guerrilla del ELN en el territorio por varios años, provocó en los pobladores una suerte de acostumbramiento y naturalización, para quienes no era extraña la presencia de grupos armados, si se tiene en cuenta la impronta que dejó la violencia de los años cincuenta en la zona.9 La relación con esta guerrilla discurrió a través de un lento proceso de seducción y convencimiento de las comunidades para compartir su ideología. La mediación en la resolución de problemas locales vecinales, reemplazando las labores policiales, generó credibilidad y confianza. Estos años son, por tanto, identificados como de normalidad y tranquilidad, no hay grandes zozobras, ni riesgos ni sobresaltos en la vida cotidiana, como se ilustra en esta afirmación: "Ni le quitaban nada a las malas a uno, ni le decían a uno venga váyase con nosotros. Cuando eso era una vida muy tranquila" (E6Lm). Las familias campesinas recibían a los miembros del grupo guerrillero, bajo la misma lógica de relación que tenían con sus vecinos y familiares, fuertemente marcada por preceptos de la religiosidad católica tales como dar de beber al sediento, dar de comer al hambriento y dar posada al peregrino, por lo cual, actividades como compartir la comida y el techo, o algunos ratos de conversación, hicieron parte de la cotidianidad de este particular encuentro. El entrecruzamiento con las redes de parentesco hizo parte de la convivencia cotidiana con la guerrilla, dinamizada a partir de diversas estrategias que van generando el acercamiento: encuentros, juegos compartidos, visitas familiares, establecimiento de noviazgos y amistades, reuniones comunitarias, entre otras. Estas situaciones vividas en el mediano y largo plazo, desbordan las categorías clásicas con las que se ha venido analizando la violencia política que, como lo afirman Bolívar y Nieto (30), ponen en cuestión la visión estereotipada que ubica a los actores armados como externos o extraños a las sociedades locales y a las comunidades como subversivas. Por otro lado, el acento en lo afectivo, lo emocional y lo sentimental en el establecimiento de relaciones entre población campesina y actores armados, plantea interrogantes frente a la definición de lo político y al lugar que ocupan dichos nexos en la política. La violencia política, como elemento transversal a la vida cotidiana, permite considerar como elementos políticos aquellos de orden pragmático como los que hemos descrito, donde las lógicas de poder operan en el terreno de las motivaciones personales, más que en el de las decisiones racionales. Razones menos nobles, como diría Kalyvas (31), hacen parte de este repertorio y cuestionan, desde la perspectiva local, la idea de que las organizaciones armadas operen bajo una lógica de cálculo y control total sobre sus miembros, cuyos intereses y preferencias pueden no ser ni racionales, conforme a una elección ideológica, ni mucho menos coherentes.

Esto se torna más claro después de 1998, cuando se producen las primeras incursiones de los paramilitares. Los pobladores empiezan a incorporar el sentido de riesgo, debido al parentesco o a la amistad con los miembros del ELN. Empieza a darse así un distanciamiento entre algunos grupos familiares en las veredas, a romperse los lazos vecinales y a predominar la desconfianza en el ambiente social. Los paramilitares imponen nuevas reglas, que alteran el curso de la vida cotidiana de las familias campesinas: sus consumos, su movilidad, sus conversaciones, sus horarios, sus rutinas. Se buscaba el aniquilamiento de la guerrilla a través del control de la población campesina, estigmatizada como guerrillera o colaboradora. Cualquier comportamiento era entonces sospechoso: "Si llevaba más mercado de lo normal es que estaba llevando mercado pa la guerrilla, si llevaba botas pantaneras era guerrillero o le estaba cargando a la guerrilla, si llevaba una pipeta, porque cambio la leña por gas, entonces se la llevaba a la guerrilla" (E5Dh). La irrupción abrupta y sorpresiva de los paramilitares en la vida cotidiana campesina constituyó un sinsentido, "sus normas" eran incomprensibles, lograban que cualquier palabra, gesto o comportamiento convirtiera al campesino en guerrillero. Implicaba establecer nuevas formas de entendimiento, incorporando sus lógicas y controles a la vida cotidiana. Una situación común en San Francisco fue que muchos de los que hicieron parte del grupo guerrillero, luego ingresaron como informantes y miembros de los paramilitares.

Cuando otros grupos armados entraron en disputa por el territorio, la vida adquirió connotaciones de tristeza, miedo, desesperación y angustia. Cualquier opinión o acción implicaba un riesgo que tocaba el límite entre la vida y la muerte. En general, las personas se sentían observadas y vigiladas: "Si pensábamos malo y si no pensábamos, también" (E10Rm). La presión de los distintos grupos armados, las muertes, intimidaciones y amenazas modificaron las relaciones vecinales, la cohesión y el sentido de comunidad. El cruce de redes de parentesco con los grupos armados acrecentó la vulnerabilidad, aunque en algunos casos operara como factor de protección. Paradójicamente, esta situación, al no ser predecible, aumentaba la percepción de estar viviendo en un mundo caótico e incierto, lo cual rompía la predictibilidad y naturalización propia de la cotidianidad.


La instalación de la incertidumbre

Se ha señalado que la vida cotidiana es eminentemente práctica, cuyas acciones pueden predecirse, pues hacen parte de lo conocido, evidente y repetitivo. La repetición es la que elimina cualquier asomo de sorpresa, haciendo posible que tengamos un sentido de seguridad en el mundo que habitamos. Por el contrario, cuando ocurren eventos que no logran tener un espacio en el mundo de significados propios y compartidos con los otros, estos eventos, carentes de significado, interrumpen lo cotidiano. En la experiencia de estas comunidades, eventos como el desplazamiento forzado, los accidentes e incidentes con minas antipersonal y la Operación Marcial constituyeron experiencias excepcionales.

De las 36 familias encuestadas, 34 han tenido de uno a tres eventos de desplazamiento forzado en su trayectoria vital, cuya frecuencia se incrementó a partir del año 2000, siendo el periodo 2003-2004 el que registra el mayor número, caracterizado por desplazamientos masivos, cuyo resultado fue el abandono intempestivo de casi la mitad de la zona rural del municipio: "Nos daban plazo de 5 o 10 minutos y si a los 5 o 10 minutos volvían y estábamos, nos mataban. Entonces mucha gentecita se fue así con el mero capillaito,10 rodando por ahí, dejando los campos" (GF1). Las familias no solo debieron adaptarse a la pérdida de su espacio vital, social y cultural, a la pérdida de bienes materiales y simbólicos, de referentes de vida, sino que además llegaron a competir por la subsistencia con los habitantes de la cabecera municipal. Sin embargo, pese a sus dificultades, esta experiencia fue menos intensa que la del desplazamiento hacia ciudades grandes: "Es mala la comparación, pero en Medellín estábamos peores que animales" (E8Mm). Referentes de vida desconocidos y ajenos, acrecentaban la sensación de dolor y sufrimiento: "No aguantamos tanto sufrimiento, tanta tristeza, tanto dolor, tanta cosa que nos tocó vivir por allá, que uno no estaba acostumbrado. Uno enseñado a estar en el campo. Uno en la ciudad no sabe qué hacer" (E9Mm). En cuanto a las minas antipersonal y armas trampa, se relata que estas empezaron a sembrarse entre finales de los años noventa y principios del dos mil. Según los relatos de los campesinos, tanto la guerrilla como el ejército utilizaron esta estrategia de guerra. El encierro y el confinamiento, el uso de caminos alternos para poder salir de las veredas, la experiencia de haber visto o escuchado la explosión accidental, los daños en las viviendas, los muertos y los heridos, la precaución sobre los sitios que reconocían como minados, los incidentes con sus animales son, entre otros, parte importante de los relatos.

La Operación Marcial fue un operativo militar emprendido por las fuerzas militares del Estado en marzo del 2003, con el objetivo de atacar los frentes 9 y 47 de las FARC y Carlos Alirio Buitrago y Bernardo López Arroyabe del ELN. Esta operación marca un momento muy importante en la vida de los campesinos del municipio de San Francisco, y constituye una memoria de arrasamiento: "Como cuando se desboca una feria de ganado, se llevaban en sus cachos lo que fuera" (E5Dh). Los pobladores lo recuerdan como un momento de transformación violenta, que volvió vulnerable a toda una población, en razón del tiempo de convivencia con los grupos guerrilleros, especialmente con el ELN. Según sus relatos, las fuerzas militares intentaron recuperar unos territorios que consideraban perdidos para la soberanía del Estado, sin miramientos sobre la población civil. En los relatos se mencionan asesinatos en situación de indefensión, "los cuerpos amontonados de a dos o tres, iban subiendo por los caminos en bestias, tapados con un plástico" (E9Mm). Aparte de las detenciones arbitrarias, los señalamientos y las falsas acusaciones, los campesinos mencionan cómo fueron comunes en esta época los saqueos y robos tanto a las viviendas como a las escuelas, abandonadas durante los desplazamientos provocados por los enfrentamientos y bombardeos. En los caminos, los campesinos eran sometidos a humillaciones y golpizas, algunas escuelas fueron bombardeadas y los maestros señalados como colaboradores de la guerrilla. En otras veredas las familias fueron obligadas a encerrarse en sus casas, tomadas como escudo en medio de los enfrentamientos.


Transformación de espacios, tiempos y relaciones cotidianas

Las implicaciones de la violencia política sobre la salud y el bienestar han sido documentadas por investigadores de diversos conflictos en el mundo (32-35). Se encuentra un cierto acuerdo en calificar los conflictos armados como catástrofes sociales, marcadas por la destrucción de la infraestructura política, económica, sociocultural y de los cuidados de salud, sumada a la inhabilidad de la población afectada para ser económicamente autosuficiente (36-38). En este caso, en correspondencia con las formas de vida campesina relacionadas con la dupla trabajadero/vividero, la mayoría de las transformaciones se volcaron al interior de la vida veredal, esto es la vida familiar, pero también se extendieron hacia el afuera próximo, representado en los espacios de trabajo y encuentro cotidiano como la escuela, la carretera y la cabecera municipal. Como se ha señalado, la relación inicial con los grupos armados, más que una imposición, es relatada como una relación de solidaridad, producto de maneras campesinas tradicionales de intercambio, ayuda y acogida. Desde esta perspectiva, los campesinos afirman que para ellos era imposible ocupar un terreno neutral en el conflicto armado y complejizan el concepto de ser colaborador. Además de los diversos actores armados, también llegan nuevos pobladores procedentes de veredas alejadas o municipios vecinos, con lo cual, rápidamente, se presenta un cambio de vecindario que exige reconfigurar las relaciones sociales y comunitarias, en medio del miedo persistente y la desconfianza. Los frágiles cambios en la "identidad" asignada de guerrilleros a informantes y de informantes a paramilitares provocan un sentido de incertidumbre e inseguridad frente a los otros: "la gente de las comunidades ya no es la misma [...] la confianza ya no viene a ser como la misma [...] Así hayan otras personas que igual sean amables, no va ser lo mismo. No son las personas con quienes uno estudió, con los que se levantó" (GF1).

En el periodo más álgido del conflicto armado, entre el 2001 y el 2005, la estructura familiar se modificó como resultado de la muerte, desaparición o reclutamiento de sus miembros, pero igualmente por la separación voluntaria, emprendida con el fin de garantizar la protección, sobre todo de los más jóvenes. El trabajo también fue sensiblemente transformado, la dinámica y la forma de realizar el trabajo agrícola cambió drásticamente y la producción agrícola disminuyó en forma considerable. Hoy, la incertidumbre para emprender nuevos proyectos agrícolas y el miedo siguen latentes. La escuela fue centro de ocupación y permanencia por parte de los distintos actores armados. Guerrilla, paramilitares y ejército hicieron uso de las instalaciones escolares: "La escuela la cogieron de parche todos los grupos armados [...] Incluso por ahí tenemos fotos de eso, donde están ELN, FARC-EP, AUC. Quiere decir que los cuatro grupos estuvieron ahí y cogieron la escuela como la casa de ellos" (E13Oh).

En relación con el afuera próximo de la vida cotidiana, la carretera, lugar de transición entre ese afuera y el espacio interior de la vereda, se vio fuertemente afectada. La carretera evoca una red simbólica, construida a través del recorrido compartido, de la conversación con el vecino, red de noticias y rumores: "paso de los campesinos en muchos momentos de alegría, en muchos momentos de tranquilidad pero también en muchos momentos de tristeza" (E5Dh). La carretera evoca el sufrimiento de otros, que fácilmente se torna en un sufrimiento autorreferencial: semejantes, anónimos o conocidos, civiles campesinos o foráneos, los que fueron detenidos arbitrariamente, los secuestrados, los desplazados. La incertidumbre ocupa y llena este espacio en su totalidad, "algo malo podía pasar o se podía encontrar" (E9Mm). Los enfrentamientos se volvieron frecuentes entre guerrilla, ejército y paramilitares; transitar la carretera era como ocupar entonces un "campo de batalla". La siembra de minas y armas trampa en caminos y montes, acrecentaba los riesgos. Los actores armados controlaban la movilidad y la compra de víveres y alimentos en la cabecera municipal. El recorrido que en otros momentos significó espacio de encuentro y tránsito compartido con los vecinos, se tornó en lugar de confrontación, en riesgo, en espacio de peligrosidad, miedo, rabia e impotencia; en incertidumbre, en interrogatorio y requisa, en desconfianza, señalamiento y humillación. En esta dinámica, la muerte aparece como el culmen en la transformación del sentido de la carretera: lugares específicos donde muchas personas fueron asesinadas, o donde los cadáveres eran depositados, en un ritual de terror que se repetía especialmente los fines de semana, cuando las comunidades debían acudir al pueblo a abastecerse de víveres: "¡Cuando eso había una violencia mija! Lo único que uno hacía era pasar por encima de los muertos en la carretera, la carretera era como el punto más estratégico para matar la gente. Mataban desde la punta de la carretera hasta la llegada al pueblo" (E2Sm). "En la carretera queda la historia plasmada" (E13Oh).


Conclusión. Vida cotidiana fuente para un cuidado creativo de la salud mental

A manera de cierre, se presentan dos balances diferenciados pero sin lugar a dudas convergentes. De un lado, el referido al objetivo específico que buscaba indagar por la vida cotidiana campesina en un contexto de violencia prolongada y, de otro, su contribución en la perspectiva de un cuidado creativo de la salud mental.

En el primer aspecto, se puede concluir que la experiencia descrita muestra los contrastes, las tensiones, los vaivenes y las tonalidades de una vivencia que de ninguna manera podría considerarse homogénea. El tránsito de lo habitual a lo sorpresivo, nos muestra que el sufrimiento derivado de la violencia política se experimenta en función del significado de las pérdidas y la modificación de lo cotidiano, más que por las cronologías oficiales, y que dicha dinámica es apropiada mediante una temporalidad subjetiva, que hace parte del matiz particular con el cual la experiencia es incorporada a los sentidos y significados de la vida práctica campesina. En este nivel, tiempo, espacio y relaciones microsociales, se tornan en elementos centrales para comprender la transformación de la vida cotidiana (29), en la cual se producen y reinventan permanentemente nuevas explicaciones y apropiaciones. Rupturas, fragmentaciones, brechas y abismos toman el lugar de la confianza con el mundo y con los otros, instalando la misma pregunta que se hiciera Das en sus estudios sobre la partición de la India y Pakistán: "¿qué hacer para seguir viviendo en el lugar de la devastación?" (4). La investigación nos muestra que las comunidades campesinas responden esta pregunta en la medida en que enfrentan y transforman lo ajeno, lo nuevo y lo desconocido para darle un lugar, recrearlo y seguir construyendo su vida con otros.

En segundo lugar, podríamos afirmar que los datos etnográficos y las narrativas relacionadas con la vida cotidiana, se constituyen en fuentes imprescindibles si queremos emprender acciones de cuidado más creativas, que no solo reconozcan la singularidad de la experiencia, sino que además incorporen su complejidad. Los cuidados estandarizados y prediseñados, deben ceder su lugar a un cuidado que se inventa en función de las experiencias vividas y el tiempo subjetivo, lo que no significa asumirlo como restringido a un individuo, pues, la subjetividad supone siempre la relación con otros sujetos, que se construyen social e históricamente (39-40). El acercamiento a esta experiencia de sufrimiento enseña que la tensión entre lo habitual y lo sorpresivo en el discurrir de la vida cotidiana, impuso a las personas el reto permanente de aprender a vivir, integrando la incertidumbre, el caos y la contradicción. Reconocer los saberes y recursos endógenos con los cuales estas comunidades han afrontado su sufrimiento, y articular una dosis de incertidumbre a nuestras propias prácticas, son elementos no solo de un cuidado más creativo, sino de un cuidado que se ocupa de la dignidad de las personas, en la medida en que reconoce su sufrimiento pero también su capacidad de agencia y su lugar activo en los procesos de recuperación de la vida cotidiana interrumpida. Como afirma Magdalena (11): "la situación de cuidado enfermero [se construye] a partir de la valoración de las percepciones y sentimientos de las personas; de las múltiples y azarosas relaciones en el contexto y en la historia personal, familiar y comunitaria; de las habilidades y potencialidades de la persona y de sus relaciones de apoyo".

En este sentido, las herramientas metodológicas derivadas del enfoque psicosocial (41), afines a la experiencia presentada, pueden nutrir el cuidado de enfermería, ya que desde ellas se asigna un lugar central a las situaciones de la cotidianidad que inundan las narrativas, incluso en mayor proporción que las directamente relacionadas con la experiencia violenta (22, 42). El aporte más importante de este enfoque es su pretensión explícita de no homogeneizar a las personas, ni a las situaciones, reconociendo el diferencial de cada experiencia (43), estableciendo un escenario privilegiado para la preservación y recuperación de la dignidad que, como afirma Meleis (44), constituye el horizonte de las relaciones de cuidado. En conclusión, el caso presentado nos invita a construir prácticas de cuidado de la salud mental que reconozcan la capacidad de las personas para tramitar los conflictos y el sufrimiento que emerge de la interacción social, atendiendo el sentido y significado de dicho sufrimiento. No hay comprensión posible del sufrimiento, sino a partir de la historia del sujeto y de la manera como esta es tejida y significada por él mismo, evitando su fragmentación o aislamiento de la cultura y el mundo social que habita (45). El horizonte de la dignidad también alude a la apuesta por un cuidado que no condiciona, sino que provoca ejercicios libertarios, en la medida en que se compromete e involucra a estas personas en el conocimiento detallado de su propia experiencia, generando redes de sufrientes que reconocen en su experiencia común una fuente de recuperación cotidiana. En síntesis, un cuidado que recupera y reinventa la cotidianidad rural:

Para mí la vida cotidiana en el campo es estar con la familia, estar tranquilo sabiendo que ahí estoy y me siento seguro de que ese es mi lugar en la vida, trabajando y teniendo cerca de mí todo lo que quiera y pueda tener [...] escuchar los pájaros, trabajar la tierra, salir los domingos al pueblo, respirar aire puro, cuidar los animales, dar gracias a Dios, vivir en paz en mi comunidad y compartir con la familia (Taller devolución de resultados).


3 Según la Oficina de las Naciones Unidas para el Control de la Drogas y el Delito (Unodc), el número de hectáreas de coca cultivadas en San Francisco creció de 27 en el año 2005, a 139 en el año 2010, organizadas en su gran mayoría como cultivos familiares menores de 3 hectáreas. Disponible en: https://www.unodc.org/colombia/.

4 La diferencia con las historias de vida es que estas se asocian al interés particular en un personaje de la historia y en el rastreo detallado de su trayectoria, que supone la complementación de otras fuentes de información adicional como cartas, diarios, etc. (15, 16).

5 Como se verá en el apartado de resultados, los códigos utilizados identifican con la letra E, la obtención del relato a través de entrevista individual, un número correspondiente al consecutivo de la misma, una letra en mayúscula correspondiente a la inicial del seudónimo y, al final, la letra m o h, según sea mujer u hombre. Cuando los testimonios se obtuvieron a través de grupo focal, se identifican con las letras GF y un número consecutivo que identifica el grupo del cual proviene la información.

6 Según datos de la Personería municipal, entre 2003 y 2007, se desplazaron un total de 4335 personas, equivalente al 70% del total de habitantes del municipio reportados en el censo poblacional del año 2005, superando con creces el promedio nacional. De las 41 veredas que conforman el área rural del municipio, 14 se encuentran deshabitadas a causa de estas presiones (26). El municipio de San Francisco ocupa el segundo lugar, después del municipio de San Carlos, con 109 víctimas de accidentes con mina antipersonal, ocurridos entre 2001 y 2012 (27).

7 El trabajo al jornal consiste en obtener una retribución correspondiente a un día de trabajo. En el 2011 este jornal oscilaba entre quince y veinte mil pesos colombianos por día (entre ocho y once dólares). Para contrastar, el valor del transporte a la vereda, por ejemplo, costaba cerca de un dólar para el transporte público, que solo funciona el día domingo, o cinco dólares, cuando se acude a un servicio privado.

8 La oferta de educación básica secundaria sigue concentrada en la cabecera municipal. Solo hasta finales de la década de los noventa se incorpora una modalidad de aprendizaje tutorial para la población del campo, operado por una institución privada de orientación religiosa.

9 En la historia colombiana algunos analistas señalan la existencia de un continuo de guerras desde el siglo XIX hasta el presente. En este recorrido, el periodo nombrado como La Violencia cursa entre 1946 y 1964, y se caracteriza por el enfrentamiento bipartidista entre liberales y conservadores, que culminó con el pacto conocido como el Frente Nacional y cuyo efecto sobre las zonas campesinas fue devastador.

10 "Capillaito" es una palabra que expresa "lo que tenía puesto, la mera ropita".



Referencias

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