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La educación como proceso holístico, la comunicación participativa y la motivación, principales elementos del cambio

Leonor Pardo Novoa*

* Profesora Titular y Decana de la Facultad de Enfermería. Máster en Educación de Enfermería.


RESUMEN

Para que Colombia avance en su desarrollo social, político y cultural, se requiere un cambio radical en los procesos educativos actuales. Hay que pensar no solo en una educación intelectual, sino en un proceso educativo holístico, que abarque todos los aspectos del ser humano: lo cognitivo, lo afectivo y lo social. Para que ese proceso pueda producirse se requieren tres elementos fundamentales:

1. Unidad en la concepción de lo que es educar.
2. Una comunicación efectiva.
3. Una motivación para el cambio.

Con estos tres elementos, los educadores, sea cual fuere el nivel en el que eduquen, podrán fijarse metas comunes, en lugar de trabajar de manera independiente; deberán trabajar con sus alumnos niveles de comprensión, análisis, síntesis y evaluación, necesarios para el avance científico, y lograrán en sus estudiantes el verdadero compromiso y la energía necesaria para vencer las dificultades que todo cambio genera.

PALABRAS CLAVE

Educación holística, comunicación efectiva, motivación, integridad, superioridad del hombre.


ABSTRACT

For cultural, political and social advance in Colombia, a radical change in a holistic educative process, is needed, containing all aspects of human being: knowledge, affection and social areas. To obtain this process three fundamental elements are needed:

1. Unity in the conception of education.
2. Effective communication.
3. Motivation for change.

With these three elements, the educators, of any level of education, may establish common rules, instead of working independently; level of comprehension, analysis, synthesis and evaluation will be worked with the students, necessary for the scientific advance, obtaining from their students truly compromise and energy to overcome the difficulties generated from change.

KEY WORDS

Holistic education, effective communication, motivation, integrity, men’s superiority.


Cuando hace algún tiempo tuve que leer, como ejercicio de análisis de un seminario, el resumen del documento titulado Cartas desde la misión - Misión de ciencia, educación y desarrollo, me surgió la inquietud de aprovechar las ideas allí plasmadas, para analizar y sustentar, desde mi punto de vista, aquellos planteamientos que desde la educación se hallan consignados en la misión de la Universidad, y que el Programa de Enfermería ha colocado en su proyecto educativo como elementos de gran importancia.

Con el ánimo de involucrar al lector en el tema del documento mencionado, me propongo hacer, en primera instancia, una corta descripción de su contenido, para luego plantear lo que considero pueden ser tres pilares fundamentales para el cambio educativo, que sin duda repercutirá positivamente en el tan ansiado cambio de las estructuras colombianas. Ellos son: la educación como proceso holístico, la comunicación participativa y la motivación.

El documento titulado Cartas desde la misión Nº 1, elaborado a solicitud del Gobierno Nacional, en 1994, por los diez denominados sabios1, describe en forma narrativa y poética los hechos y fenómenos de un proceso histórico-político vivenciado de manera general por el mundo, pero de manera particular por el pueblo colombiano, el cual, expresado grosso modo, se relaciona con la evolución que, a partir de la educación, deben lograr los países para afrontar acertadamente los retos del futuro.

En sus cuatro primeros capítulos, el libro se dedica a presentar abiertamente el panorama de la situación que en materia de educación, ciencia y tecnología tiene Colombia, y a plantear inquietudes sobre los puntos en los cuales esta problemática radica, sin olvidar el planteamiento de propuestas encaminadas, en primer término, a educar a los colombianos, entendiéndose este proceso como la formación de mentes cuestionadoras, analíticas, productoras de avance tecnológico, proceso que elevará la calidad de vida y permitirá el desarrollo integral y equitativo de una Colombia, en la cual, la potencialidad de sus mentes se confunde con la riqueza de su ecología, para hacer posible cualquier utopía que se proponga.

Muy difícil resulta delimitar un texto único que describa la tesis central del documento. De una parte, desde el discurso de instalación, el ex presidente César Gaviria plantea la necesidad de establecer unas verdaderas y claras relaciones entre la educación, la ciencia y la tecnología, y esta idea es plasmada por el doctor Llinás, cuando en el texto introductorio de su artículo habla sobre el desarrollo como avance económico, político y cultural; y cuando se refiere a la educación, puntualiza cómo, en los países desarrollados, la inversión a largo plazo y el mejoramiento de los sistemas formales de educación han sido los factores que han demostrado ser clave en el mejoramiento de la capacidad competitiva, del crecimiento económico y del desarrollo social en general. La alta calidad de la educación, afirma el doctor Llinás, es determinante en la preparación de ciudadanos responsables y en la formación académica e integral.

Estos postulados, unidos a los planteamientos que en el capítulo 1 expresa Gabriel García Márquez, y a las recomendaciones de los capítulos finales del libro, muestran una relación relevante entre el cambio social requerido y la educación como órgano esencial en ese proceso, hecho a través del cual el lector puede percibir una unidad en torno a los planteamientos de la misión. Es así como, a través del documento, se afirma de una u otra manera que la educación es el punto esencial y previo para lograr la producción de ciencia y tecnología, procesos sin los cuales Colombia no podría entrar a competir honrosamente en el mundo futuro.

Sin embargo, desde mi punto de vista, el planteamiento que recoge todas las reflexiones de los autores y que se convierte en el eje central para el desarrollo del documento, está descrito por el doctor Llinás en muy cortos espacios de su conferencia: “Sin un sistema educativo que promueva la autoestima, la dignidad humana, el respeto a la vida y el acceso equitativo a ella, la creatividad y el reconocimiento científico, y que abra la posibilidad de incorporar nuevas conceptualizaciones, Colombia sacrificará el potencial mental, físico, cultural y científico, así como las riquezas que posee. El patrimonio más importante de los colombianos son sus vidas y sus mentes, y la posibilidad de crear su historia y su memoria; este patrimonio actualmente se desaprovecha; es necesario encontrar mecanismos que permitan canalizarlo hacia el mejoramiento cuantitativo y cualitativo de la vida en Colombia”2.

Pasando al plano del análisis estructural del texto, esta clara posición de los diez sabios, expresada en el libro Cartas desde la misión - Misión de ciencia, educación y desarrollo, es sustentada por diferentes tipos de argumentos, en su mayoría basados en hechos y fenómenos del vivir político y social de la nación, los cuales en determinados momentos llevan al lector a reconocer la importancia y eficacia de los planes propuestos por el gobierno, pero que al ser contrastados con la realidad social crean grandes expectativas sobre la viabilidad de esta transformación, la cual debe ir dirigida más hacia la mente de cada colombiano y hacia el sentir de los grupos y conjuntos de la sociedad, que hacia el desarrollo per se de la tecnología.

En este momento del texto es donde, sin apartarnos de la motivación y el optimismo que comunican los autores, pero conscientes a la vez de nuestras deficiencias en el área del saber, debemos iniciar un proceso de análisis aún más profundo, de causas y efectos a nivel educativo, para encontrar el punto clave de partida que nos permita involucrarnos comprometidamente en la transformación del país, sin llevar por delante el lastre de una frustración.

Con este ánimo, y con la finalidad de propiciar un proceso de comunicación multidireccional, me propongo exponer a continuación algunos planteamientos, que podrían denominarse Elementos fundamentales para el cambio educativo en Colombia.

Al retomar en esta parte la problemática general planteada en el documento Cartas desde la misión, y concentrando la atención más en el análisis de las causas que en los hechos que permanentemente observamos, es importante mencionar, en primera instancia y como primer elemento de cambio, la necesidad de unificar el concepto sobre lo que es Educar, definición que por demás podría considerarse fundamental, pues de ella se derivan una serie de implicaciones, no solo para quienes educan sino para los educandos y para las instituciones educativas, que como entes académicos organizan los procesos y se comprometen con la sociedad a egresar, de tanto en tanto, grupos de profesionales, quienes supuestamente deben estar capacitados para continuar y mejorar el desarrollo del mundo en el cual viven.

En el más amplio sentido de la palabra, educar es un proceso dirigido al hombre por el hombre; con esto estoy afirmando, primero, que se produce entre los seres superiores de la naturaleza, y que no es un hecho aislado o circunstancial, sino un conjunto de sucesos interrelacionados, y, segundo, que dentro de ese proceso hay que considerar como variables ineludibles todos aquellos componentes de que está hecho el hombre: mente, espíritu, corporeidad, afectos, emociones y sociabilidad, elementos que intervienen para determinar la ocurrencia o no de los sucesos, su grado de intensidad y la orientación hacia donde ellos se dirigen. Es decir, hay que educar al hombre en su totalidad, o sea, holísticamente.

“El hombre es un animal racional y comparte con los demás animales irracionales la facultad de la sensación y el apetito sensitivo, mientras que tiene de común con los ángeles el intelecto y la voluntad, que son facultades superiores. Por el entendimiento el hombre conoce la verdad y por la voluntad desea o ama aquellos objetos que el entendimiento declara buenos. La voluntad es una facultad libre, cuya acción depende de nosotros mismos, de tal manera que ningún objeto creado puede obligarla a actuar”3.

Es por eso que educar, desde la óptica mencionada, en donde se totaliza la integridad y la superioridad del hombre, implica la ocurrencia libre y consciente de innumerables y permanentes fenómenos prácticamente imposibles de manejar y analizar separadamente, y que es el hombre mismo quien tiene la potencialidad de hacerlo, permitiéndose para sí, y para los demás de su especie, la realización de un proceso comunicativo activo, en donde hay un intercambio de ideas, argumentos, posturas, y en el cual, mediante un dar y recibir, el hombre pone a prueba sus conocimientos, los afianza o modifica, y de esta manera desarrolla su propia identidad, conformada esta por una sutil combinación de las influencias que él ejerce y las que recibe4.

Si aceptamos lo anterior, educar resulta ser un proceso difícil; sin embargo, por más complejo que resulte el asunto de educar, es necesario abordarlo por cualquiera de sus partes, y para este caso particular me anima la inquietud de iniciar el análisis por aquel aspecto que no solo se vivencia a través de nuestra historia, sino que se ha convertido en la inquietud permanente de quienes con conciencia del papel de educadores nos cuestionamos la falta de mentes críticas e inquietas, que generen posicionamientos de fondo y compromiso para llevar a cabo el cambio personal, y permitir a los demás la realización de un verdadero proceso educativo, tema central del documento producido por la misión y punto de partida del presente escrito.

En esta línea de ideas y a partir del concepto de educar ya expuesto, creo pertinente citar el que considero es el segundo elemento fundamental para el cambio educativo en Colombia, el cual a su vez explicaría, en parte, por qué los esfuerzos por mejorar la calidad de la educación en nuestro país han resultado, en términos generales, fallidos, y solo podemos contar en la actualidad con brotes aislados de cambio, muchos de los cuales aún están en la etapa de experimentación, y sus posibles buenos resultados solo nos enriquecerán en un mediano plazo. El punto en mención se denomina La comunicación efectiva.

Tradicionalmente, la comunicación se ha concebido como un proceso lineal: un emisor que genera un mensaje, el medio o medios que lo conducen y un receptor que percibe, decodifica e interpreta a su manera el contenido del insumo y, en consecuencia, lo toma o lo deja, según lo considere compatible o incompatible, factible o irrealizable, motivante o carente de interés.

Esta comunicación lineal difícilmente afecta todos los elementos constitutivos del hombre: mente, espíritu y cuerpo, y, por consiguiente, las reacciones que se producen en quien recibe el mensaje provienen, a su vez, solamente del elemento afectado, y cuando logra afectar más de uno, no permite el fluir de la comunicación en un sentido bi o multidireccional.

Una persona inmersa en las circunstancias particulares del medio ambiente que en ese momento la rodea, y afectada generalmente en uno solo de los aspectos que la conforman, genera reacciones y resultados parcializados, y a consecuencia de ellos actúa.

Vista de esta manera, la comunicación, que denomino lineal, sirve para transmitir noticias, exponer teorías, contar experiencias y muchas otras cosas más, pero siempre en forma unidireccional, sin promover la acción de respuesta de uno o varios interlocutores; por consiguiente, está lejos de ser el proceso interactuante en el cual el hombre establece un circuito de dar y recibir, en el que los mensajes del uno estimulan las respuestas del otro, y se genera un permanente fluir de ideas, posiciones y argumentos, que, como ya lo decía, son los elementos que van a permitir que los interlocutores enriquezcan sus conocimientos, fortalezcan y afiancen sus ideas, y se vayan formando sus propios criterios de acción y compromiso, sin que esto implique, en un momento dado, la aceptación o el rechazo total de las posiciones de su interlocutor.

Sin este círculo, sin esta reciprocidad, sin permitirnos compartir las ideas y posiciones de manera abierta y desprevenida, la comunicación continuará siendo el mecanismo por el cual los seres humanos emitimos mensajes que solo pretenden influir en los demás para obtener de ellos una respuesta generalmente primaria, manejable a su vez con otras influencias o mensajes, que posiblemente pasen de largo, sin hacer el más mínimo aporte al enriquecimiento del hombre.

En efecto, si la comunicación continúa siendo lineal y si no cambiamos los mensajes persuasivos unidireccionales por otras formas de comunicación interactuante, es posible que el hombre pensante del cual hablamos, el hombre que posee mente cuestionadora y voluntad libre, no solo permanezca desmotivado ante el deseo de cambio que a diario se predica, sino que, al contrario de lo que se espera, genere un rechazo a los mensajes especulativos o a las disposiciones de mando, y cree para sí y para los demás, argumentaciones defensivas, hecho que está muy lejos de ser el método adecuado para lograr que se produzca un proceso educativo en la forma como se describió al inicio de este escrito, cuando se exponían los conceptos y recomendaciones de los diez actores de Cartas desde la misión.

La educación tradicional colombiana, en la cual se utilizan con frecuencia razones o argumentos retomados de personajes de la historia a quienes se les atribuye la cientificidad, la razón de una argumentación y el reconocimiento de poseer la verdad inmodificable de una ciencia determinada, está muy ligada a la comunicación lineal, en la cual el receptor recibe los mensajes, pero carece de las oportunidades para poner en común con su emisor sus propias interpretaciones.

Este es posiblemente el mensaje que entre líneas percibo, al leer las frases enfatizadas de García Márquez, al referirse al tipo de educación que poseemos: “una educación conformista y represiva, que parece concebida para que los niños se adapten por la fuerza”5, y también lo que, a su vez, genera mi propuesta de iniciar el cambio que el país necesita para su progreso, por la modificación radical de los sistemas utilizados para educar, y adoptar en su lugar un método que permita a los hombres avanzar en los procesos cognitivos, mediante una comunicación abierta que les genere ciencia y tecnología, que a su vez se traduzca en un cambio sociopolítico y económico. Nuestra cultura educativa colombiana no ha avanzado como lo ha hecho en otros países. Ya en las antiguas Grecia y Roma se enseñaba a comprender los argumentos persuasivos y a formarse los propios; y en la Universidad de Harvard del siglo XVII, los estudiantes tenían la oportunidad de estudiar argumentación y se les pedía que demostraran lo aprendido, adoptando una posición, defendiéndola o criticando las opiniones de los demás. “La confrontación de contrarios es un proceso fundamental de razonamiento”6.

Dicho lo anterior en otras palabras, parte del proceso de cambio educativo que se requiere en Colombia debe centrarse en la modificación del mecanismo tradicional utilizado para educar, basado en la comunicación unidireccional, hacia la utilización de un método que promueva y facilite la puesta en común de ideas y planteamientos, para que todos aquellos interesados, o doctos en la materia, opinen y contrapongan sus propios planteamientos con los de los demás. De esta manera se ejercitan el análisis, la argumentación y el respeto por las nuevas ideas, así como la capacidad de cambiar de posiciones cuando la ciencia así nos lo demuestre.

Este proceso, aunque parezca solo mental, realmente llega a los demás elementos del ser humano, y de manera muy sutil el hombre va ejercitando y aprendiendo el control emocional, el respeto, la prudencia, entre otros tantos comportamientos, y va logrando un crecimiento integral, tanto personal como profesional.

Si este proceso no se da, continuaremos aceptando, promoviendo y asistiendo pasivamente al mismo espectáculo que por años hemos presenciado, de una educación impuesta, que solo genera la continuidad de la mediocridad intelectual y el retraso científico, social, político y moral de nuestro pueblo colombiano. Para educar, a todo nivel, no bastan las normas administrativas y curriculares, ni las disposiciones legales que con tan buena voluntad genera el gobierno; es necesario permitirle al hombre convencerse de la importancia de su cambio, de la necesidad de ser el coautor de su aprendizaje y del requerimiento que el mundo le hace para que se comprometa con el bienestar del futuro, y esto solo podrá lograrse en la medida en que el hombre ponga al servicio de los demás su integridad de ser superior, y se creen espacios para conocer lo que pensamos acerca de algo, las motivaciones que nos mueven o las limitaciones que las experiencias negativas nos han dejado.

El tercer elemento que propongo para el cambio educativo, que bien podría haber sido el primero, dada su importancia, tiene íntima relación con los dos anteriores, pero se deriva del aspecto psicológico, que como parte constitutiva del hombre le permite comprometerse emocionalmente en el desarrollo de empresas y cometidos de gran envergadura, aunque también se origina en aquella cualidad superior de su voluntad que lo lleva a actuar basándose en los hechos que su entendimiento declara como buenos.

Me estoy refiriendo ahora a la motivación, como punto de partida para lograr un cambio en el método educativo.

Para el desarrollo de este aspecto, conviene iniciar por la presentación de lo que para los estudiosos del tema significa la motivación, y hacer una breve relación de esta con el éxito que las personas y las instituciones alcanzan cuando del logro de metas se trata.

Motivación es una palabra derivada del vocablo latino movere, que significa mover. La motivación es la fuerza interna que permite iniciar, guiar y mantener un determinado comportamiento, hasta que se alcance la meta deseada.

Frederick Herzberg dice: “la motivación me indica hacer algo, porque resulta importante para mí hacerlo”.

Por su parte, Kelly afirma que la motivación “tiene algo que ver con las fuerzas que mantienen y alteran la dirección, la calidad y la intensidad de la conducta”.

Sin motivación inicial es muy difícil obtener una satisfacción al finalizar las acciones. Las motivaciones difieren de un individuo a otro, evolucionan y pueden cambiar con el transcurso de los años, en la medida en que se alcancen las metas propuestas o estas se replanteen.

En el ámbito académico, son factores de motivación, entre muchos otros, los retos, las innovaciones, la experimentación, el conocimiento que se obtiene, los beneficios de su aplicabilidad, los estímulos que se reciben, el trato del profesor y el reconocimiento grupal y familiar.

Las necesidades también motivan nuestras conductas; en cada etapa de la vida y a medida que se evoluciona, las necesidades cambian, y las que se van generando producirán el deseo y el impulso de producir nuevos comportamientos y de esforzarnos para satisfacerlas.

A finales de los años sesenta, Edwin Locke presentó su teoría del establecimiento de metas, y afirmó que la intención de alcanzarlas es una fuente básica de motivación.

Las metas son importantes en cualquier actividad humana, ya que motivan, guían nuestros actos y nos impulsan a dar un mejor rendimiento. De esta forma, las personas se comprometen al máximo sin tener en cuenta el esfuerzo que ello les implique.

Las metas específicas motivan más que las de índole general; asimismo, las de naturaleza más difícil motivan más que las que se logran fácilmente. Sin embargo, las metas deben plantearse como algo alcanzable, pues aquellas para cuyo logro se requieren esfuerzos sobrehumanos pueden disminuir la motivación, y si no se alcanzan, llevarán a una frustración.

Las necesidades de crecimiento propio se centran en el yo, e incluyen el deseo y la oportunidad de desarrollo y progreso personal. A esta categoría corresponden la autoestima y la autorrealización, mencionadas por Maslow.

Estas necesidades se satisfacen solo cuando el individuo logra aprovechar al máximo sus potencialidades y se siente satisfecho con sus logros.

Aunque varias acepciones del vocablo motivación se han venido utilizando en la labor académica, y los docentes nos hemos esforzado permanentemente por motivar a los estudiantes para que aprendan, quiero, en un intento de cambiar de paradigma, hacer notar una diferencia, que aunque parece pequeña es de gran magnitud e importancia, por cuanto de ella pueden derivarse profundas modificaciones, que el proceso educativo colombiano necesita para lograr el verdadero cambio al que he venido refiriéndome desde el comienzo de este artículo.

La diferencia radica en el uso que el verbo motivar debiera tener en el contexto educativo, y más específicamente cuando se hace referencia a los papeles que desempeñan el docente y el estudiante en el proceso, tan conocido en la academia, como enseñanza-aprendizaje.

Motivar, desde mi punto de vista y dentro del marco del aprendizaje, a cualquier nivel que este se lleve a cabo, debería conjugarse más como un verbo reflexivo, que como una decisión ejecutada desde afuera por alguien denominado maestro, quien en un empeño sobrehumano, se propone hacer algo para que los estudiantes desarrollen un sentimiento de entusiasmo, de gusto, de ilusión, que los conduzca a hacer o desarrollar acciones para el logro de sus objetivos de aprendizaje, o lo que en el lenguaje común manejamos como lograr que aprendan.

Si nos detenemos en las implicaciones que tiene el utilizar uno u otro vocablo, motivar a versus motivarse, podremos observar que:

1. Motivar al estudiante implica, académicamente hablando, que el profesor, quien sabe algo sobre algo, haga esfuerzos a veces no muy específicos sino más bien generalizados, para que en todos sus alumnos nazca, se desarrolle o se reavive un interés por conocer o profundizar sobre un tema, que él como docente se ha comprometido a que manejen teórica o prácticamente.

2. Si es el docente quien se propone “motivar”, es él quien debe hacer las acciones para que los discentes logren aprender, en contraposición a si se concibe este ejercicio como la acción que recae sobre el estudiante. A este, motivarse le implica hacer por sí mismo el esfuerzo de buscar, en los entornos en donde se mueve, los elementos que llenen sus expectativas y que le van a ayudar a iniciar y mantener el impulso, el gusto y el reto de aprender, para lograr sus metas personales y profesionales.

3. Nadie motiva a nadie. La motivación es algo personal, que depende de un número de variables; por eso, en el intento de motivar, el docente se enfrenta a la necesidad de llegar a la individualidad de cada uno de sus estudiantes, para tocar sus fibras personales y lograr que cada uno, con las particularidades de su personalidad, con el bagaje de sus experiencias y sus intereses personales y profesionales, presentes y futuros, reaccione positivamente y aprenda sobre el tema en cuestión. Lograr esto en grupos que sobrepasan los 40 ó 50 alumnos resulta casi una utopía, y por esta razón el profesor opta, en el mejor de los casos, por realizar procesos de motivación grupal, en los que posiblemente algunos estudiantes encuentren elementos de interés, pero que para otros solo son ejercicios de integración o de descanso, que caen bien dentro de la monotonía de una clase, pero que no son determinantes para un cambio de actitud ante la responsabilidad de su aprendizaje.

4. Al contrario, motivarse implica, por una parte, que cada alumno, utilizando su propio conocimiento en cuanto a sus cualidades, debilidades, intereses y metas, asuma la responsabilidad de encontrar, en todo cuanto le brindan la institución y el profesor, los elementos significativos para su aprendizaje, en términos de beneficios presentes y futuros, de logro de metas, de satisfacciones personales, familiares, sociales, de elevación de su autoestima, y, por otra parte, que el profesor centre sus esfuerzos ya no en procesos para lograr que cada estudiante se motive, sino en la creación de ambientes adecuados y posibilidades y opciones de elección, en la presentación de posibles caminos que hay que seguir y en el señalamiento de diversidad de recursos que se han de utilizar, para que cada estudiante pueda elegir aquello que lo impulse a aprender no solo lo previsto en los cursos, sino todo lo que que le sirva de complemento, de respuesta a sus inquietudes y de oportunidades de incursionar en nuevos terrenos, que posiblemente no tenía previstos al inicio de su proceso de aprendizaje.

Cuando el profesor logra proveer entornos enriquecidos, los estudiantes no miden ni tasan los esfuerzos que deben realizar, y dedican a su aprendizaje todo el tiempo que este les exija. En este proceso de motivarse, el estudiante por lo general va más allá de las cortas metas impuestas en un curso determinado; logra ejercitar simultáneamente sus potencialidades cognitivas, físicas y sociales, de modo que alcanza su desarrollo integral, aspecto importante que se mencionó al inicio de este escrito.

Visto desde este ángulo, el acto de motivarse le corresponde ejecutarlo al estudiante, y le implica que, al igual que en el proceso de aprendizaje, sea él quien busque, dentro del contexto académico, las vías y mecanismos que le sean significativos, de manera que pueda, apoyado en ellos, mantener activa la fuerza íntima que se requiere en todo el tiempo que dure su proceso de aprendizaje.

Motivarse para aprender es un proceso endógeno, de desarrollo propio, que se apoya en los recursos del medio académico, incluida dentro de ellos la labor del profesor; en la medida en que el docente programa una estructura de clase y tareas o actividades en las cuales el estudiante pueda participar, tanto en el diseño como en su desarrollo y valoración, nacerá en él el deseo de experimentar y demostrar lo que aprendió. Pero si no es así, sino que todo se le entrega hecho, ¿cómo logra el estudiante motivarse? De ahí que la responsabilidad del docente en el proceso de motivación y aprendizaje, por parte del estudiante, vaya más allá del papel tradicional y por demás monótono de repetidor y expositor, y se centra muy específicamente en el de ser proveedor de espacios, experiencias y recursos; en el de ser orientador de procesos, asesor, comunicador y generador de vivencias, que en un momento dado sirvan de patrón de análisis y experimentación y apoyen la toma de decisiones por parte de los estudiantes.

Cumplir con esta misión no le resultará fácil al docente, porque para poder realizarla a cabalidad deberá responderse qué es lo que debe proponer para que el estudiante encuentre motivos, y además, una vez iniciado el proceso, manejar una comunicación efectiva, necesaria para la orientación, el desarrollo de un pensamiento analítico, para la formación de criterios y la toma de posiciones argumentadas por parte del estudiante. De esta manera, él podrá irse formando como agente de cambio, desde el sector de su profesión y en los contextos sociales y políticos en donde se encuentre.

Retomando las ideas expuestas a lo largo de este artículo, vuelvo a insistir en la necesidad de un cambio radical en los procesos educativos expuestos por los autores del documento Cartas desde la misión, para recalcar la importancia que tiene la unificación del concepto sobre educar, la comunicación efectiva y la automotivación en el logro de la meta que todas las grandes instituciones educativas se plantean: apoyar la formación de ciudadanos profesionales, que contribuyan al tan deseado cambio que Colombia necesita para alcanzar el desarrollo científico, tecnológico y político.


1 Eduardo Aldana Valdés, Luis Fernando Chaparro, Rodrigo Gutiérrez Duque, Rodolfo Llinás, Marco Palacios Rozo, Manuel Elkin Patarroyo, Eduardo Posada Flórez, Ángela Restrepo Moreno, Carlos Eduardo Vasco y Gabriel García Márquez.

2 Llinás, R. Cartas desde la misión, pág. 18, párrafo Nº 2.

3 Bonylan, Eugene. En Dificultades en la oración mental, pág. 29.

4 Miller. En el prólogo del libro La persuasión en la comunicación, pág. 15, párrafo Nº 2.

5 García Márquez, Gabriel. Cartas desde la Misión.

6 Patkanis, A., y Aronson, E. En La era de la propaganda, 1994.


BIBLIOGRAFÍA

Bonylan, Eugene. Dificultades en la oración mental, 1989.

Miller, F. La persuasión en la comunicación, Bogotá.

Pardo Novoa, Leonor. Apuntes del seminario alemán dictado por el doctor Carlos Eduardo Maldonado, Universidad de La Sabana, Chía, 1996-1998.

Patkanis, A., y Aronso, E. La era de la propaganda, Bogotá, 1994.

Presidencia de la República de Colombia, Consejería para la Modernización del Estado Colombiano. Vasco, Carlos Eduardo, y otros. Cartas desde la misión - Misión de ciencia, educación y desarrollo, Zeta Periodismo, Bogotá, 1994.

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